sábado, 28 de junio de 2014

El trámite.

La constante lluvia que inunda las calles mientras corro desnudo por el parque con los ojos vendados pero absorbiendo cada detalle de la naturaleza que me rodea.
Abro los ojos y sigo en el mismo lugar. La sala de espera.
Un valle abierto, rodeado de montañas azules, ríos de autos cruzando sin fin de un lado a otro mientras un avión morado pasa zumbando sobre mi cabeza.
La triste lluvia no alcanzó a refrescar. Por el contrario, el calor se hizo más intenso y húmedo. Todos lo sufrimos estoicamente.
Es mi madre, quizás mi abuela, quien me llama. Quisiera responder pero he olvidado como hablar. Curiosamente no estoy desesperado, sólo enfadado, desearía que callase.
Despierto al oír mi nombre, pero no es a mi a quien llaman. Es la maldición de tener un nombre tan común. Detesto tener que esperar hasta escuchar el segundo apellido para estar seguro que se trata de mi.
Una zarigüeya verde me pide que la siga, trato de alcanzarla, pero cuando lo hago, se ha convertido en una gata con piel de plata, que me mira fastidiada.
Me despierto sobresaltado. Si estos son mis sueños cortos e intensos, hijos de cabeceos furtivos, ¿por qué jamás recuerdo lo que he soñado al terminar una reparadora noche?