domingo, 22 de junio de 2014

La coronación de Napoleón

No quiero que la pintura se mueva. No quiero que los personajes me hablen. No me interesa saber lo que pensaban. No deseo conocer lo que hicieron antes. Ni mucho menos lo que sucedió después.
Quiero perderme en ese instante. Disfrutar la composición de objetos. Imaginar la textura de las telas. Sentir en mi piel el rayo de sol que se cuela. Descifrar su presente, el instante mismo que representa. Único e irrepetible en este universo. La conjunción de personalidades. La yuxtaposición de voluntades. La veleidad de sus sensualidades.
Porque es la única manera en que los conoceré. Así, mi presencia no los alterará. Seré el observador perfecto, aunque no sea yo inmutable. Eso a ellos les corresponde. Podré regresar a su realidad una vez tras otra, y seguirán siendo los mismos. Inalterables en su ser. Sus virtudes no flaquearán. Sus defectos nunca corregirán.
El cansancio de mis músculos me regresa lentamente a mi realidad. El museo está por cerrar. Escucho los pasos alterados de los turistas que desean mirar una obra más. Debería ser como ellos, pero ni el triste hecho de que es mi última noche en el país me anima a moverme.
En realidad no me preocupa. Si algún día he de volver, no se habrán movido. Si he de regresar, tampoco me hablarán. Si otra vez estoy frente a ellos, sus pensamientos no sabré. Eso me tranquiliza. Me da seguridad. El tiempo no descansa, la vida sigue andando, pero se que al pie de la pintura, siempre me estarán esperando.